EL DÍA DESPUÉS DE MAÑANA

“Cómo me voy a adaptar. Todo lo que me importaba, las cosas por las que trabajé, fueron preparativos para un futuro que ya no existirá”.

En la película “El día después de mañana”, esta frase es más gélida que el apocalipsis de hielo que la rodea. Los protagonistas en el ojo de la tormenta comienzan a dimensionar el punto de no retorno en el que se encuentran. De un momento a otro su hábitat existencial, físico y simbólico, ha desaparecido, y la única certeza, son las preguntas.

Así estamos todos hace cuatro meses. Pensando en el día después de mañana.

De algún modo veníamos experimentando la discontinuidad hace años. Las fuerzas de la posmodernidad fueron desacomodando las piezas de lo que se suponía era un mundo de certidumbre, poco a poco, las convicciones dejaron de existir, los referentes perdieron credibilidad, las instituciones iniciaron su desplome, la cultura se corroyó. El maestro Zygmunt Bauman ya lo había descrito en su concepto de “liquidez”, lo fluido era ahora el carácter de todo, los amores, la identidad, la sociedad, la vida misma carecía de solidez, se tornó desechable y vacía.

Con todo, ese lugar líquido a pesar de ser indefinido, al menos era un lugar, y los parámetros para habitar en él estaban más o menos claros; bastaba con ser un tanto individualista, narciso, competitivo y hedonista para seguir el ritmo de lo discontinuo.

El paradigma de la ligereza.

Pero la pandemia nos abrumó con su encierro cambiando nuestro hábitat líquido, aunque, el cambio no ha sido la solidificación de nuestro lugar existencial, más bien, lo ha dislocado.

Como la cadena de una bicicleta que se sale al hacer un cambio de marcha muy brusco, la cuarentena nos ha desplazado a un espacio que no se condice con la liquidez aumentada de la crisis actual; todo es más volátil, incierto y vertiginoso en el entorno, no obstante, nosotros estamos sumidos en la detención ante un horizonte difuso, sin poder dar con ese nuevo cambio que nos permita engranar nuevamente y dar con la marcha correcta.

La detención abrupta de nuestro modo de vida a la espera de un retorno del cual se especula permanentemente, ha provocado en nosotros una respuesta psicológica pensando en “el día después de mañana”. Cuando termine la cuarentena esto será lo primero que haga, el día que volvamos la sociedad habrá cambiado, para aquel día éstas serán las lecciones aprendidas por las personas.

Todo pospuesto para aquel día.

La existencia dislocada no se hace cargo del presente porque éste parece ser un espacio temporal sin acontecer.

Escuchaba por ahí a alguien que estableció como hábito en su encierro tomarse un trago y picotear algo los viernes para recordar que era fin de semana. ¿Qué día es hoy? Ah, hay feria, debe ser jueves. Pasó la basura, es martes. Envueltos en la rutina del tiempo, de las personas, del lugar, del discurso y de la fragilidad de las expectativas, el día después de mañana se ha convertido en la figura de esperanza, ilusoria o real, de la asfixia del yo.

Asistimos a un momento crítico de nuestro diálogo interno ¿(No)habitamos un (no)lugar? Las estrategias de antes ya no nos sirven; ser individualista resulta inútil, narciso, una ofensa en estos tiempos, competitivo, ir directo al fracaso, y hedonista, un lujo condenado.

La dislocación del ser se ha instalado como una pausa interminable ¿Es posible una salida?

Dejar de especular no es fácil, tampoco lo es abandonar la idea de un horizonte promisorio, pero ambos caminos son riesgosos porque el pesimismo o las sobre expectativas, nos dañan mientras esperamos su concreción.

Tal vez sea más sensato considerar la idea de que nada permanece, lo único permanente, es el cambio, y que sólo nos queda habitar esos nuevos lugares existenciales conscientes de su impermanencia.

El día después de mañana debe ser el hoy, sin más.

Si el futuro que preparamos ya no existirá, pues bien, que así sea. Pero posponer nuestro ánimo para aquel día en que las cosas sí sean como queremos que sean, es una trampa, y lo sabemos.

Si nada vuelve a ser como antes, o vuelve a serlo en un par de años, no tiene sentido rendir nuestras convicciones y entereza a la derrota, un camino más interesante es aceptar la incertidumbre como parte inherente a la existencia.

“La única decisión posible es qué hacer con el tiempo que tenemos”, dijo por ahí un mago en la oscuridad. Parece sabio fluir con lo fluido.

Puede que esta detención sea sólo un aviso para ajustar el cambio de nuestra bicicleta.

Ximena Burgos Sánchez.-

bici 2

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