CONFLICTOUR

Como una especie exógena introducida por el mercado del turismo, los zorrones merodean sin depredador natural en nuestras regiones. Hace tiempo los Iturra, los Astorga y cuánto NN con su fotografía cool en Instagram, son los nuevos castores de las redes sociales y los medios, que roen con esmero cada localidad para obtener likes, seguidores y el apreciado status de influencer para asegurar su subsistencia mediática.

En perfecta simbiosis ante esta especie, otro organismo ha surgido para el beneficio mutuo de su desarrollo vital, la agencia de turismo, que también se nutre en asociación íntima con todo aquel viajero que peregrina por la selfie.

Cada van suele estar repleta de homo celularis que no se despegan de su teléfono y se someten a la misma rutina. Bajarse; foto, medio escuchar lo que el guía de turismo les explica; foto, tiempo para recorrer; foto, y otra foto más por si acaso antes de subir al automóvil y continuar por el camino revisando, era que no, las fotos.

Hace un par de meses estuve en San Pedro de Atacama, un lugar espacio–temporal que nos transporta con sus paisajes pintados por Dios. Pero, la creación universal puede tener rivales más mundanos.

El frenesí fotográfico llegaba al clímax en Vallecito, donde hay una micro abandonada y no hay quién se resista a la fila que busca la toma cool. El atardecer comenzaba, el viento tomaba fuerza y el espectáculo era imperdible, sin embargo, la rivalidad por subirse a esa chatarra y la guerra de poses, era un espectáculo mucho mayor.

Inti daba paso a Killa, pero eran ignorados por completo por la ráfaga de luces artificiales.

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Nota aparte fueron los guías. Fue bastante burda su ignorancia de la cultura atacameña y la geografía del lugar. Todos los guías eran extranjeros –venezolanos, uruguayos, brasileños– lo que en rigor es irrelevante; en concreto no habían estudiado lo suficiente, como el guía uruguayo que nos llevó a ver un petroglifo y que finalmente nunca encontró, describiéndolo como “unos palitos” que habían de estar en alguna roca, por ahí. A quienes me rodeaban no pareció importarles mayormente el bochorno, y me hizo anhelar tanto conocer más del lugar en voz de quienes son originarios y sí honran su tierra.

Por lo visto, para los zorrones y homo celularis el rito es cumplir con la mueca de felicidad y el Licancabur de fondo, la araucaria de fondo, el glaciar de fondo. Da lo mismo en realidad el fondo, lo que importa es la etiqueta del lugar, los filtros y las reacciones de la audiencia.

La Naturaleza como objeto estético nunca antes había sido profanada de esta manera. Siempre fue la inspiración de los grandes maestros del arte y de la ciencia, pero hoy, no sólo es explotada por la economía, sino también transada como un recurso de diseño del yo en el mercado de la competitividad social.

La lógica de conocer la cultura local e ir a la Naturaleza como si fueran un mall donde se vitrinea, es señal de cómo el capitalismo a través de la sociedad de consumo, ha deteriorado la capacidad de reflexión y contemplación de las personas. 

Las implicancias políticas de este modo trivial son profundas ya que ponen en riesgo la genuina conservación de nuestros ecosistemas y el resguardo de nuestro patrimonio cultural; una sociedad que sólo ve paisajes bonitos y cree que todo lo originario es pintoresco, condena a su tierra y a su cultura a la decadencia. 

Ya la sola idea de que en Melipeuco un evento se llame “Truful Fest”, nos hace querer irnos y cerrar por fuera. Los zorrones y su estética filete, continúan el afán colonizador.

Afortunadamente, existen quienes intentan resignificar el mercado del turismo y recuperar la dignidad que merece la contemplación de la Naturaleza y que también se movilizan por su protección y el rescate de la cultura originaria.

Hace un par de semanas estuve en Conguillío, Novena Región. La sensación fue la de entrar a un reino. Las araucarias milenarias, la lluvia sagrada y el canto de las aves, son regidos por el gran Volcán Llaima, que ha modelado con su lava cada rincón de una tierra, o más bien de una dimensión, que se resiste a la destrucción del salvaje hombre blanco, que embebido de sí mismo, arrasa con su propia madre.

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Caminando hacia Sierra Nevada, me encontré con cuatro hombres http://@mataquitorioabajo y un gran lienzo. “¡Río Mataquito Libre de Torres!” era su consigna. Su misión era participar del X Encuentro de la Red por los Ríos Libres, en Curacautín, lugar donde se reunirían con representantes territoriales desde el Norte Grande hasta la Patagonia, para seguir organizándose por la defensa y protección de los ríos y su gran biodiversidad de flora y fauna nativa.

En nuestra conversación, uno de ellos me mencionó que parte de sus actividades es asistir a lo que denominan el “Conflictour”. Un recorrido por todas las zonas que están amenazadas por intervenciones energéticas o productivas y que están en conflicto; la ironía que viola la candidez del tour de vacaciones y que nos enfrenta a la dura realidad de la pugna entre la Naturaleza y la sociedad extractivista.

Y el combate del mapuche contra la dominación centenaria.

El término conflictour es en realidad desolador, y se emparenta con otros como “reducción”, aquella práctica en la que el pueblo mapuche fue despojado de sus tierras, o “recuperación”, la actual lucha por restituir no sólo aquellas tierras sino también las especies nativas que están siendo violentamente masacradas por las forestales y sus monocultivos.

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Poco a poco, la imagen del zorrón se hace más y más ridícula. No se trata ya de tours a homo celularis para que fotografíen sus selfies desechables. Se trata de vivir experiencias que creen consciencia.

Uno de los activistas, Gustavo Valdés https://open.spotify.com/artist/1JEoP0CJCUc4iR4a0NnHmB?si=kARXybPnSpqXYVMDRJV27g entonó con su charango un canto en defensa de la Madre Tierra. Al llegar al final del sendero y con el volcán como testigo, fue cuando sentí un gran alivio.

Estos viajes no sólo están plagados de zorrones que buscan lucirse. Hay muchas personas a las que les importa y comprenden la gran fuerza de la Ñuke Mapu. Personas como nuestro guía Daniel –de la zona– que buscan brindar la experiencia de estar en la Naturaleza en aprendizaje, admiración, respeto y tiempo. Que nos lleva a Icalma a conocer al Peñi Carlos, quien nos recibe con una sonrisa generosa y nos explica la importancia de aprender a distinguir su cultura y ceremonias como algo más que simple folclor.

Es en ese intercambio, en esa conexión, que el Gran Espíritu se manifiesta. 

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Ahora, de vuelta en mi ciudad, el conflictour sigue y seguirá en pie. Porque el conflictour no es sólo el de las zonas naturales en riesgo, las zonas de sacrificio; es el conflicto permanente en nuestros barrios, en nuestro hogar, en nuestro cuerpo y en nuestra mente.

Todos tenemos zonas en constante tensión, aquellos lugares sombríos de nuestra psique que debieran ofrendar un canto al cielo, clamando por la redención de nuestras faltas y entregar su dolor a la Naturaleza.

Mientras, los zorrones y homo celularis deberán ser sometidos a un plan de manejo. “Si no publicas una foto del lugar al que fuiste, es como si no lo hubieras visitado” me dijo una entrevistada. Me pregunto si los antiguos que rehusaban fotografiarse porque les podían robar el alma, tenían razón. Muchos de estos sujetos, ya han perdido su alma.

Es positivo retratar nuestros viajes y momentos felices, pero siempre, en reverencia ante aquella fuerza que nos contiene y nos trasciende, la Madre Tierra. Con cada fotografía, pretendemos un poco apropiarnos de ella, poseerla; pero es inútil, porque como dijo el Gran Jefe Seattle: la tierra no nos pertenece, somos nosotros, los que pertenecemos a la tierra.

Ximena Burgos Sánchez.-

Fotografía: Constanza Ahumada

2 comentarios sobre “CONFLICTOUR

  1. Excelente reflexión y narrativa, toca un tema muy actual y aún en desarrollo desde una perspectiva crítica, me hace sentido todo soy amante del trekking y la naturaleza, práctico en forma independiente sin guía explorando, conociendo por mis propios medios y viviendo experiencias únicas e irrepetibles,…

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