LA CULPA ES DE DIONISO

“Yo creo que uno es lo que consume. A veces me molesta tener que dar explicaciones sobre mis decisiones de alimentación; hay personas que te enjuician y creen que eres una obsesiva y que no disfrutas de la vida, pero yo no me restrinjo, simplemente tomo decisiones inteligentes. Esto para mí no es una moda, eso lo piensan los mediocres, los flojos que no respetan su cuerpo. Al final, yo termino educando a esas personas, porque sinceramente ellos son los que deciden ser ignorantes y quejarse después de sus kilos de más. ¿Soy yo la que anda cansada, la que tiene malos índices de salud, a la que no le queda bien la ropa? No. Simplemente, yo me respeto” (Mariana).

Los mercaderes de las dietas y los súper alimentos han proliferado en el último tiempo. Y no es algo nuevo, hace ya décadas que la ansiedad por el cuerpo perfecto nos ofrece una variada gama de gurúes mediáticos y panaceas alimentarias, como hoy lo son Pedro Grez y el famoso aceite de coco o los médicos hippies de matinales de televisión a mano de la espirulina. Pero estos nuevos exponentes del fenómeno ya no apelan únicamente al aspecto estético y la idealización del cuerpo, hoy explotan una veta mucho más profunda que juega con nuestras emociones: la culpa. La ortorexia ha llegado tal vez para quedarse.

En los tiempos hipermodernos nuestra relación con el alimento ha sufrido una significativa mutación. Una vez el ser humano dominó los ciclos de agricultura y la comida pasó de ser un elemento de supervivencia para transformarse en un elemento de goce, esta lógica imperó por siglos. El paradigma dionisíaco de la abundancia, lo sabroso y las mesas substanciosas lideró hasta buena parte del siglo XX, llegando tal vez al paroxismo con el auge de la comida chatarra. Los fast food pletóricos de sabor, grasa y economía, infestaron el espacio público y nuestro modo de vida; la grotesca figura de Gargantúa se apoderó de los consumidores en un frenesí destructivo de carne, triglicéridos, azúcar y desechos que jamás nos saciaban. Hasta que un día nos vimos al espejo y notamos que algo andaba mal: diabetes, hipertensión, colesterol alto y obesidad, fueron los efectos de la sociedad de consumo que comenzaron a cuestionar a Dioniso como inspiración de nuestro comportamiento alimentario y de vida. El exceso ya no estaba resultando bueno y la disciplina y el autocuidado serían ahora las nuevas exigencias.

“Yo busco calidad de vida y ética de consumo. Crecí en una generación víctima de la comida procesada, llena de tóxicos que no te aportan nada y que no es amigable con el medioambiente. Tengo amigos veganos y no es fácil, tampoco encontrar productos orgánicos o sustentables, pero esto es una filosofía de vida y no pienso renunciar” (Felipe). El hedonismo de Dioniso hoy se ve eclipsado por una nueva tendencia disciplinaria: el simple acto de comprar un alimento se ha transformado en un método que demanda informarse, aprender a leer etiquetas, entender los procesos biológicos de nuestro cuerpo, calcular, evaluar y descartar productos y estar al día en nuevas investigaciones y hallazgos en salud alimentaria. “La verdad yo lo encuentro enfermizo. Tengo algunas amigas que ya están rallando con el tema; que la insulina opera de tal modo, que atún no por los metales pesados, que estos huevos son de gallina feliz, que sin azúcar, que nada de carbohidratos, que esta manzana es transgénica. ¡Por favor! ¿Cómo pueden vivir así? Es como si sufrieran de una paranoia, ya no podemos comernos una pizza como antes, porque tiene que ser sin gluten, con queso vegano y cerveza artesanal. ¡Es demasiado para mí!” (Paula).

Saturadas de información, las personas hoy en día se enfrentan a una montaña de males y conspiraciones tras la industria alimentaria, hecho que ha propiciado el surgimiento de un nuevo desorden, la ortorexia, aquella obsesión por comer saludable que en los casos más ligeros tiende al clean eating, la búsqueda permanente de alimentos sin mácula. Así, la toma de consciencia alimentaria se ha convertido en un acto culposo que busca redimir nuestros pecados contra el cuerpo y contra el ambiente por todo el daño que nos hemos hecho, y por ello, hemos de pagar comiendo semillas en vez de chips de chocolate. ¿Dónde quedó el placer de comer? ¿Ha muerto Dioniso?

Realmente no. Asistimos a un comportamiento paradójico, ya que, si bien la ortorexia demanda disciplina y ciertas restricciones, paralelamente el placer se renueva en otras experiencias culinarias. No sólo lo sano está de moda, sino también la innovación de sabores y el estilo gourmet en muchos hogares. No basta con un plato saludable, éste debe tener onda, ingredientes novedosos, alimentos que jamás habíamos consumido y menos combinado. Quinoa, cúrcuma y queso brie en una misma ensalada. Vino y mazapán en una cata. Presenciamos así al homo gastronomicus como señala Gilles Lipovetsky, el sujeto para quien “la felicidad alimentaria ya no se expresa con banquetes desproporcionados, sino con la degustación sensual y la búsqueda de cualidades del paladar”. Este neo Dioniso concibe a la comida como un entretenimiento con nuevos aromas, texturas y viajes a otras culturas en la mesa que nos salvan, en buena hora, del tedio del correcto comer.

¿Por qué complejizamos tanto un acto natural? Si nos negamos a una alimentación saludable por lo aburrida que resulta u optamos por ella dándole un giro estimulante, es porque siempre estamos en busca del placer. La negación del goce no es algo fácil para el ser humano y menos aún en un tiempo de vacíos y ligereza. Para Jean Brun, las pasiones que aparecen en las sociedades desarrolladas son búsquedas de vértigo y embriaguez que pongan un poco de sabor a una existencia cada vez más insulsa, y así, la sociedad de consumo basa su fortaleza en aquella búsqueda resuelta del placer individualista en donde la comida se convierte en uno de sus principales motores.

Dicen por ahí que mientras más culpa, más placer. Y mientras más placer, más consumo. Y si consumimos más, pues más culpa y luego placer tendremos. De este círculo, el mercado y los medios siempre sacaran una buena tajada, ya sea Grez con sus best sellers y apariciones mediáticas, los mercaditos orgánicos o las cajitas felices llenas de plástico y grasa; comer es un placer, de la forma que sea.

Tendremos que decidir si nos sumamos a las huestes de ortoréxicos o nos quedamos en el ejército de dionisíacos. Aunque lo mejor sería optar por el equilibrio, eso sí, corriendo el riesgo de ser rotulados con el sello de “alto en paradoja”.

Ximena Burgos Sánchez.-

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